Archivado en: Bla Bla Bla, Cuenta la historia..., Cuentos Inconclusos, Sociedad, Vida
Estoy exhausta, mi mente ahora mismo no da para más. Son demasiados cambios por asimilar y los proyectos se me desbordan. Hay en mi cabeza tal montaña de cosas por hacer que soy incapaz de establecer un orden de prioridades, la cabeza me duele solo de pretender intentar pensar en ese orden, y me encuentro con un inexpresivo muro delante que me chupa las ideas como un cebero mutante.
Mi reino por un enchufe del que poder tirar para desconectarme. No hago nada. No pienso nada. Estoy out.
Sueño con que estoy de pie bloqueada y una pierna gigante que sale del cielo me da una patada en el culo y me manda un par de pueblos más adelante.
Y como no os puedo decir nada más de ese tema os voy a contar una historia que no tiene nombre.
Érase una vez una inestable mujer que tuvo ocho hermosos hijos. Era una de estas mujeres que no se saben cuidar, pero por alguna razón debió pensar que le haría bien la compañía de aquellos niños. Aunque los quería con locura no supo como mantenerlos y cuatro de ellos murieron antes de cumplir los treinta por las mismas adicciones que a ella le habían llevado toda su vida por un amargo camino.
Tres de las hermanas salieron adelante, encontraron un trabajo y un marido y tan pronto como pudieron salieron de aquella casa y emprendieron una vida lejos de su madre y del hermano que aun les quedaba.
Este hermano, que tampoco tiene nombre y al que a partir de ahora llamaremos “el hombre sin nombre”, no tenia otra ocupación que robarle la pensión a su madre y propinarle abundantes palizas. La mujer, consumida por la edad y la mala vida, aguantaba lo que podía y de puerta en puerta pedía comida a sus vecinas pasa salir adelante. Afortunadamente y como era de esperar el hombre sin nombre acabo cumpliendo una condena por malos tratos en la cárcel y durante un tiempo nada más se supo de él.
En aquel momento la mujer debía rondar los ochenta años y tan solo quedaba de ella un minúsculo esqueleto encorvado. Las hermanas, que hasta entonces habían seguido con sus vidas haciendo caso omiso a cualquier acontecimiento, no dudaron en meter a su madre en una residencia y dar por zanjado el problema.
Hay que decir que aunque en esta historia la sensibilidad de las tres hermanas roza lo inhumano, ninguna de ellas tuvo una vida fácil. Uno tras otro habían visto morir a sus hermanos por el mismo vicio que había marcado desde el inicio la vida de su madre. Habían visto y oído cosas que nos hacen apartar a mirada tan solo de velas reflejadas en alguna película. Así que de momento, las perdonamos.
Para cuando el hombre sin nombre salio de la cárcel su madre ya llevaba varios años en la residencia, sus hermanas vivían sin preocupaciones y nadie se preguntaba por él. Sin dinero y sin trabajo, fue directo a pedirle a sus hermanas las llaves del piso donde había vivido con su madre y cuya tercera parte por derecho le pertenecía.
Las hermanas que lo vieron venir con pintas de vagabundo y los brazos morados a pinchazos se negaron rotundamente. Se imaginaban que no tardaría en destrozarlo o abrirle las puerta a una veintena de colgados como él. Así que abandonado a su suerte, el hombre sin nombre que nunca ha tenido más ingresos que la pensión de su madre a la que ahora le era imposible acceder a base de ostias, no ha encontrado a día de hoy otra afición más que, a modo de protesta, cagarse y mearse cada noche en el rellano de la escalera donde había vivido toda su vida con su madre. Es decir, mi escalera.
Así es la vida, si antes ya me costaba encontrar un motivo por el que subir 6 pisos andando en vez de coger el maravilloso ascensor, ahora tendría que amanecer convertida en una intrépida aventurera para planteármelo siquiera.
Aunque me encartaría contaros el final pero esta historia no ha acabado todavía. Los vecinos por una parte no podemos hacer nada legalmente. La policía ha venido muchas veces pero el caso esta en manos del juez así que de momento nos toca asumir el papel de la madre y aguantar lo que podamos. El año que viene me toca ser la presidenta de la comunidad, igual acabo limpiando los desaguisados del yonki. Aiiiii… que vida esta.








Deseo es de altura media. Es poco probable que ningún retrato pueda hacer justicia de Deseo, ya que verla (o verle) es amarle (o amarla)… apasionadamente, dolorosamente, hasta la exclusión de todo lo demás.